Minuto 90 quiso hacer un Fan Fest.
Y la neta, se agradece el intento.
Montaron todo en Huayacán y, cuando jugaba México, aquello parecía el Zócalo en pleno Grito de Independencia: lleno, polvo por todos lados y gente sobreviviendo al calor como podía.
El detalle es que desde afuera ni siquiera sabías qué estaba pasando.
Había días en los que parecía que estaban montando una boda y otros en los que sí reventaba.
La idea era buena.
La ejecución todavía tiene Mundial para mejorar.
Fish Fritanga nos hizo descubrir algo.
Ver un Mundial sin audio debería ser considerado delito federal.
Los meseros traían uniforme mundialista, el lugar anunciaba la experiencia… pero nadie pensó en prender el volumen.
Es como pagar un concierto de Coldplay y que solamente te den los subtítulos.
Puerto Santo entendió bastante mejor el assignment.
- Futbol.
- Playa.
- Chelas.
- Pantalla.
Eso era.
No hacía falta inventar mucho más.
Lo único que volvió a demostrar es que el DJ sigue siendo el enemigo natural de cualquier evento deportivo.
Porque no existe persona que, después de una eliminación de México, quiera escuchar un remix de “Pepas” cinco minutos después del silbatazo final.
Y luego estuvo el resto.
Muchos restaurantes anunciaban EL EVENTAZO DEL MUNDIAL.
Llegabas…
…y había una televisión.
Fin.
- Ni dinámica.
- Ni ambiente.
- Ni promociones.
- Ni absolutamente nada que justificara salir de tu sala.
La sorpresa fue Sunset Harbor.
Probablemente porque entendieron algo muy básico.
Si la pantalla está bien puesta, la vista ayuda y el lugar está pensado para ver futbol, la gente se queda.
No hace falta humo.
No hace falta un DJ gritándote cada quince minutos.
Hace falta entender por qué salió la gente de su casa.
Y ahí sí cumplieron.
Sala de Despecho confirmó una teoría.
Si juntas fútbol, cerveza y a todos los mirreyes de Cancún en un mismo lugar, algo bueno tiene que pasar.
Y pasó.
Sala de Despecho fue de los lugares que sí logró generar ambiente. Hubo bastante gente durante los partidos importantes y se sentía que la gente realmente iba a vivir el Mundial, no solamente a comer mientras una pantalla estaba prendida de fondo.
No intentó reinventar el fútbol.
Simplemente entendió que la experiencia también se construye con el público correcto.
Malecón Tajamar fue el otro ganador.
Mientras muchos restaurantes esperaban llenar mesas, Tajamar hizo lo que mejor sabe hacer Cancún cuando no le pone tantas vueltas al asunto: reunir a toda la banda.
Familias, grupos de amigos, hieleras, banderas, niños corriendo y gente viendo el partido en comunidad.
- Sin reservaciones.
- Sin consumo mínimo.
- Sin DJ.
Y, curiosamente, terminó sintiéndose mucho más auténtico que varios de los eventos que prometían “la mejor experiencia mundialista”.
A veces menos producción y más gente es la fórmula correcta.
Y luego estuvieron los que fueron… al cine.
También nos enteramos de que hubo quienes decidieron ver algunos partidos en el cine.
La neta, seguimos sin entender el concepto.
Porque sí, la pantalla es enorme y el sonido espectacular.
Pero el Mundial no se trata solamente de ver el partido.
Se trata de gritar un gol con desconocidos, abrazar al de la mesa de al lado cuando cae el empate al minuto 89 y mentarle la madre al árbitro como si te pudiera escuchar.
Eso, por muy Dolby Atmos que tenga la sala, sigue sin existir en Cinépolis.
Lo raro de todo esto…
…es que Cancún tenía absolutamente todo para convertirse en una de las mejores ciudades del país para vivir el Mundial.
- Playas.
- Turistas.
- Hoteles.
- Terrazas.
- Dinero.
- Clima.
Y terminó demostrando que tener la infraestructura no significa saber hacer experiencia.
Porque un Mundial no se capitaliza poniendo una pantalla.
Se capitaliza haciendo que la gente quiera recordar dónde vio ese partido dentro de diez años.
Y eso, lamentablemente, casi nadie lo entendió.